8 Causas del Liderazgo Fallido

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Año y medio me tomó escribir LIDERAZGO FALLIDO. DEL ERROR TAMBIÉN SE APRENDE que, muy gentilmente, se atrevió a publicar la famosa Editorial Granica.

El corolario de tanto esfuerzo fue sumirme en un análisis profundo y detallado de mis fracasos y cientos de fallas que encontré en líderes conocidos por mí a lo largo de la vida y el fruto de mis investigaciones y lecturas. La principal revelación es la importancia del error como fuente del éxito perdurable. Te aporto mis descubrimientos de las 8 fallas de líderes, después de estudiar a personas, familias, deportistas, organizaciones deportivas, empresariales y políticas. También el contexto internacional me nutrió de enseñanzas, todas ellas presentadas y analizadas en el libro.

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¿Peleas o Negocias?

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A Lucio siempre le dio por armar broncas. Era su naturaleza, no tenía otra manera de reaccionar. La primera vez que me retó comenzamos a jalonearnos. El maestro Tony intervino y nos dijo: muchachos vengan para acá, y nos llevó al centro del patio de recreo. Pidió a su asistente un par de guantes de box. Le aclaré al maestro que no me interesaba arreglar a golpes una disputa por algo intrascendente.

No quedó más remedio que fajarnos. Me ganó, por supuesto. Lucio era un peleador nato. Cuando terminó la pelea le dije a Tony: Maestro, aun así, yo tengo la razón, ¿por qué no nos escucha y usted decide?

Se trataba de la asignación de la cama para dormir en el internado. Yo tenía todo el semestre anterior en una cama y Lucio, que acababa de llegar, quería quitármela. El maestro nos escuchó y acabó con la discusión al decirle a Lucio: “Te toca la otra cama, tienes que respetar lo que ya está asignado”.

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El Desafío de Hablar en Público

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Era un 5 de enero, hace varios años, que me puse a buscar en el Directorio Amarillo un curso de hablar en público. Me urgía. Cerré el año anterior con un par de clases que impartí de Teoría Económica. Me sentí fatal y tuve la sensación de que los alumnos habían padecido mi clase, tal vez, más que yo.

En aquel año fui invitado por mi jefe, el licenciado Miguel Ángel Díaz Cerecer, para ser su maestro adjunto y dije que sí. Todo iba muy fácil, mi apoyo consistía en pasar lista y organizar algunas pequeñas cosas que él me encargaba.

El día menos pensado me dijo: “el próximo lunes no podré dar la clase, se la encargo, ya usted sabe cuál es el tema”.

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