Escucha el podcast: Competencia y Productividad

¡Hola! En el artículo pasado hablamos de competencia y competitividad. La palabra competencia tiene varios significados, nosotros nos haremos cargo únicamente de dos. Competencia como la habilidad de competir, lo cual nos lleva a la posibilidad de ser competitivos. De aquí se ha derivado un anglicismo odioso: competición, proviene de “competition”. Tenemos una preciosa palabra en nuestro idioma que es competencia, ¿por qué usar lo que no nos corresponde? Es frecuente encontrar en los diarios “la competición estuvo reñida”, “el ganador de la competición fue el mejor jugador”, etc.

Estos aspectos son vigilados por la COFECE (Comisión Federal de Competencia Económica) que se encarga de asegurar bases parejas para que se dé la competencia entre iguales, o podríamos decir que tiene la competencia de regular los mercados (es la tercera acepción de la palabra competencia).

Ahora veremos otra acepción de competencia como la capacidad de hacer bien algo, esto nos lleva a ser competentes como medio para ser productivos en nuestras tareas. Este camino nos lleva a la posibilidad de certificar la posesión de ciertas competencias y ello lo conseguimos cumpliendo las reglas que establece el CONOCER (Consejo de Normalización y Certificación de Competencias Laborales). Es decir, si hemos de presumir que somos buenos en nuestra especialidad tendremos que recurrir a la certificación que otorga el CONOCER, a menos que digamos “soy bueno porque me lo dice mi mamá”, pero mamá no tiene la competencia para juzgarnos objetivamente.

Un caso interesante de debatir es el del gran futbolista portugués Cristiano Ronaldo. Nadie duda que posee una serie de competencias que lo hacen un futbolista competitivo, al cual se le otorga una gran cantidad de reconocimientos incuestionables; sin embargo, ¿es productivo? ¿por qué ningún equipo lo quiere?

A Cristiano Ronaldo le faltan las competencias “suaves”, aquellas que sólo brindan las “soft skills”. Él es un dolor de cabeza en el vestuario, es rechazado por sus compañeros. En lugar de provocar la unión del equipo promueve la discordia y el enfrentamiento. Es criticón y duro con sus compañeros. En virtud de que él es un deportista excepcional, disciplinado y ordenado, que busca la excelencia por encima de todas las cosas, entonces la exige en sus compañeros. Quiere que los demás promuevan su propia excelencia, que hagan las dietas y los ejercicios rigurosos que él practica con gran apego a la disciplina. Pero los demás no son iguales a él. Son diferentes. Quieren hacer dietas, pero no tan crueles. Hacer ejercicios, pero no tan fuertes.

Cristiano se queda un par de horas practicando tiros a gol, después del entrenamiento. Cuando él termina, sus compañeros ya se bañaron y van camino al bar, o a sus respectivos domicilios. Nadie quiere renunciar a esas comodidades y placeres. Al día siguiente, en el partido, se aprecia la diferencia. Por ello, no es de a gratis que Cristiano haya ascendido al punto de merecer cifras millonarias en sus contratos.

En las oficinas o en los centros de trabajo, el compañero que es imperativo y quiere imponer a los demás su estilo de trabajo acaba siendo odiado y rechazado. Estos compañeros pueden ser excelentes en lo que hacen, pero si no saben llevarse bien con los demás, están condenados al fracaso.

En consecuencia, la primera acepción de competencia, como capacidad de competir, requiere como complemento la segunda acepción, competencia como la capacidad de hacer bien algo. En la primera acepción necesitamos una capacitación de aspectos técnicos para dominar las tareas que nos permiten competir y ganar. En la segunda acepción necesitamos una capacitación en habilidades suaves, las “soft skills”, que nos dotarán de capacidades para planear, integrar un equipo de trabajo, dirigir a los demás, tomar decisiones, dirimir conflictos y ser persuasivos, tolerantes y humildes. El gran problema consiste en tener en el equipo a individuos ambiciosos que aspiran a la excelencia y exigen lo mismo de los demás, convirtiéndose en arrogantes, insoportables y presumidos.

La solución la encontramos en una combinación adecuada de desarrollo de competencias técnicas juntamente con competencias suaves. Si imaginamos una pirámide tenemos que asignar los primeros escalones al desarrollo de competencias técnicas, son las que nos permitirán ascender a una posición más elevada, pero no basta.

En la parte alta de la misma pirámide tendremos que colocar el desarrollo de competencias suaves, son las que conducen al liderazgo. Los jefes, del nivel que sean, o los que aspiran a serlo, necesitan estas habilidades, por supuesto con una base sólida de competencias técnicas.

El gran error es cultivar al máximo una sola de las caras de la moneda: habilidades técnicas por un lado o habilidades suaves por el otro. Al incurrir en este error obtenemos a técnicos muy bien formados, pero incapaces de articular un esfuerzo de grupo o bien, líderes que ascienden gracias al favoritismo con bases huecas, no dominan los contenidos técnicos que son su responsabilidad y ni siquiera entienden que no entienden. Para comprender, evaluar y decidir, hay que tener bases técnicas. Lo ideal es llegar a jefe mediante el recorrido de los escalones previos, allí donde están los conocimientos técnicos y la invaluable experiencia del sufrido paso a paso.

¡HASTA EL PRÓXIMO MIÉRCOLES!

 

EPÍCTETO: No se llega a campeón sin sudar.

alfredo-esponda@cencadedigital.com

P.D. Te invito a suscribirte al Blog (gratis y sin compromiso)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.