Escucha el podcast: ¿A Quién Corresponde?

Cuando pasamos por un terreno baldío lo vemos abandonado, pero luego de un tiempo volvemos a pasar y observamos un magnífico edificio de cuatro o cinco pisos, sin duda, un arquitecto y una constructora entraron en acción para hacer posible ese gran milagro: de la nada crear un edificio.

Lo mismo sucede al interior de cualquier empresa, de la nada fue tomando forma, lentamente, poco a poco, su cultura y su clima organizacional. El arquitecto social fue el primer líder y luego los que le siguieron, dando forma a los valores, las normas y prácticas que luego se volverían cultura organizacional. Eso que hoy caracteriza a cada empresa es la consecuencia de prácticas cotidianas acumuladas. En cada momento al líder le corresponde ser el arquitecto social de la empresa.

El líder del día de hoy en la empresa tiene que adoptar una postura: respetar la cultura o cambiarla. Si se pretende alterar algo la lucha es enorme y puede llevar al caos. El cambio de cultura no es fácil. Lo mejor para el líder de hoy es comprender y respetar la cultura existente para luego introducir cambios paulatinos que lo conduzcan a la cultura revitalizada y congruente con los nuevos retos que plantea el entorno.

Se ha mencionado con frecuencia que los líderes de esta época, caracterizada por el encierro y la desconexión física entre compañeros de trabajo, reclama inteligencia emocional para encauzar sus esfuerzos hacia el bienestar de sus equipos de trabajo y lograr la adaptabilidad necesaria en sí mismos y en sus colaboradores.

Un tema que puede ayudar a estos líderes a lograr sus propósitos es el de concretar acciones que impulsen la felicidad en el trabajo, entendiendo como felicidad al estado de bienestar pleno, el estar a gusto con uno mismo y con lo que nos rodea. ¿Cómo lo hacemos? Sugerimos un conversatorio frecuente del líder con sus colaboradores directos y, si es posible, de éstos hacia los demás colaboradores, logrando extender sus impactos a lo más amplio de la empresa.

El trabajo puede verse en tres niveles: como recurso, como vocación y como propósito. Dirigir esta perspectiva lleva al encuentro de la felicidad en el trabajo.

Trabajo como recurso consiste en verlo como fuente de ingresos, el famoso ¡Gracias a Dios tengo mi dinero cada quincena! En este nivel el trabajador sólo piensa en lo que gana y esto lo lleva a preguntarse cuánto falta para la hora de salida. El trabajo se vuelve una carga que es necesario soportar día con día, “ni modo, para eso estamos”. A trabajadores que piensan así es indispensable hacer esfuerzos para que trabajen mejor y se sientan motivados. Un gran esfuerzo cotidiano del líder que lo cansa y que aburre al trabajador. Los resultados son escasos y perentorios, es como estar amarrado a una noria, tenemos que empujar y dar vueltas para quedar en el mismo lugar. Al día siguiente tener que motivar nuevamente.

Trabajo como vocación brinda al líder la oportunidad de ser más efectivo en su motivación hacia el trabajador. El líder tiene que descubrir las fortalezas y las inclinaciones del trabajador para vincular su experiencia y formación con las competencias requeridas en el puesto. El trabajador se plantea con desesperación “¿Cómo podré hacer más interesante mi trabajo?” Aquí debe entrar en acción el líder para hacer ver que el trabajo que desempeña es una gran oportunidad para poner en acción sus talentos y experiencias acumuladas. Alguien que carece de trabajo no puede aplicar lo que ha aprendido de la vida. Si es contador, si es programador o ingeniero, hacer ver que está ejerciendo su vocación y eso lo hace más satisfactorio. Llevar al máximo nivel su vocación le hará sentir que la vida vale la pena. En vez de encargar tareas de alta repetitividad, reorganizar el trabajo al estilo Volvo, la compañía sueca que agrupa equipos para que armen un auto completo en vez de apretar tornillos unos y pernos otros. Provocar el orgullo por el producto completo.

El tercer nivel, el más alto sin duda, es encontrar el propósito del trabajo, el para qué hacemos lo que hacemos. Una vez establecido el propósito debemos recalcarlo y lograr que se vean a sí mismos haciendo algo que los ennoblece.

El líder debe vincular el propósito del trabajo con el propósito de vida del trabajador para que tenga sentido. Hace muchos años tuve oportunidad de impartir un taller de planeación estratégica en una gran empresa licorera, ya me estaba planteando el reto de encontrar propósito elevado en una empresa que se dedica a producir algo para emborrachar a la gente; sin embargo, al llegar al punto del propósito me maravillé, los participantes del taller sentían un gran orgullo por estar produciendo un bien que alegraba a la gente y le brindaba momentos intensos de felicidad.

En otra ocasión viví algo semejante en la empresa cigarrera más importante del país. Allí el propósito resultó ser “estamos dedicados a proporcionar al mundo el medio más eficaz para relajarse y disfrutar de momentos de paz”.

En consecuencia, lo que el líder debe hacer es inspirar a su equipo resaltando el gran propósito de la empresa, haciéndoles ver que aquello en lo que trabajan produce un beneficio a la humanidad o a una parte del universo. Al consolidar estas convicciones en sus colaboradores el líder puede aumentar el margen de libertad para la toma de decisiones y permitirles un mayor control sobre su propio trabajo.

La felicidad en el trabajo aparece cuando aquello que hacemos día con día tiene algún sentido para nosotros y eso se logra sabiendo que nuestro trabajo tiene un significado. Un valor emocional que va más allá de nosotros mismos. En este sentido ya podemos regresar al segundo nivel y enfatizar el valor de la vocación que ejercemos al desempeñar nuestro trabajo y resaltar que aquello que recibimos como ingreso es un premio por contribuir a algo más grande que ennoblece a la humanidad entera.

Te invito a la reflexión acerca de estos tres niveles del trabajo y encuentra la forma de aplicarlo para ti y tus compañeros de trabajo. Que tengas una semana feliz y productiva.

¡HASTA EL PRÓXIMO MIÉRCOLES!

 

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