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Escucha el podcast: Un Hombre Virtuoso

 

 

Existe un fuerte contraste entre la autobiografía de Benjamín Franklin y las biografías que se han escrito acerca de él, en particular la del notable biógrafo Walter Isaacson.

 

Sus biógrafos nos describen enormes logros de Benjamín. Estudió la electricidad y esto lo llevó a inventar el pararrayos. Creó una estufa con muchas ventajas para su época. Inventó los lentes bifocales. Organizó a sus congéneres para iniciar el préstamo de libros, dando lugar a la creación de una biblioteca. Sus iniciativas creando grupos de estudio dieron lugar a lo que hoy se conoce como la Universidad de Pensilvania. Nació en Boston y creció en Filadelfia de 1706 a 1790.

 

El reconocimiento de sus facultades intelectuales y su cultura lo llevaron a ser invitado a la redacción del acta de independencia y de la constitución de los Estados Unidos. Se le apunta en la lista de los Padres Fundadores de la Unión Americana. Fue un gran diplomático con gestiones exitosas en Inglaterra y en Francia.

 

En síntesis, Benjamín Franklin fue un gran hombre, pero eso no es lo que quiero destacar. Su autobiografía, escrita para inspirar y guiar a sus hijos, cuenta una historia diferente. Lo más notable es la humildad con que presenta sus logros.

 

Así como él mismo lo dice “de la pobreza y oscuridad en las que nací y pasé mi infancia, logré superarme hasta alcanzar cierto prestigio y una posición de influencia en el mundo”. ¿Cómo lo logró? Ben nos precisa “mi precoz disposición para aprender a leer y la opinión de los amigos de mi padre de que en verdad yo llegaría a ser un hombre de luces”.

 

La familia compuesta por tíos y hermanos eran herreros y carpinteros. Cuando le mandaron a trabajar eligió ser un auxiliar en una imprenta, por su amor a la letra impresa. El ambiente que lo rodeó incluía fuertes tomadores de cerveza, pero él supo controlarse, “así era como esos pobres diablos se quedaban siempre abajo”. Su afán por superarse no siempre era respetado, pero Ben hizo gala de tozudez.

 

A los 30 años concibió “el arduo y audaz proyecto de conquistar la perfección moral”. Muy pronto descubrió que aquello que se había propuesto no era fácil de realizar. “Finalmente saqué en conclusión que la pura convicción especulativa de querer ser por completo virtuoso no era suficiente para evitar el desliz”.

 

En consecuencia, Ben se inventó un procedimiento digno de imitar, te lo recomiendo: hizo una lista de 13 virtudes, se dispuso a aplicar una tras otra, semana a semana. Eso le daba 52 oportunidades semanales para lograr que en un año hubiese cambiado totalmente su carácter y su personalidad. Se obligó a aplicar cada virtud 4 veces en el año.

 

Por ello su biógrafo Walter Isaacson lo ratifica como “el símbolo de la ética americana: ahorro, trabajo duro, educación, espíritu comunitario, instituciones autogobernables y oposición al autoritarismo”.

 

Benjamín Franklin se yergue ante nosotros como el modelo americano del “self made man”, el hombre hecho a sí mismo.

 

Te deseo una semana feliz y productiva, no obstante, las dificultades por las que estemos atravesando.

 

¡HASTA EL PRÓXIMO MIÉRCOLES!

 

REY SALOMÓN: “¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de los reyes estará y no con los de baja condición”.

 

alfredo-esponda@cencadedigital.com

 

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