¿Peleas o Negocias?

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A Lucio siempre le dio por armar broncas. Era su naturaleza, no tenía otra manera de reaccionar. La primera vez que me retó comenzamos a jalonearnos. El maestro Tony intervino y nos dijo: muchachos vengan para acá, y nos llevó al centro del patio de recreo. Pidió a su asistente un par de guantes de box. Le aclaré al maestro que no me interesaba arreglar a golpes una disputa por algo intrascendente.

No quedó más remedio que fajarnos. Me ganó, por supuesto. Lucio era un peleador nato. Cuando terminó la pelea le dije a Tony: Maestro, aun así, yo tengo la razón, ¿por qué no nos escucha y usted decide?

Se trataba de la asignación de la cama para dormir en el internado. Yo tenía todo el semestre anterior en una cama y Lucio, que acababa de llegar, quería quitármela. El maestro nos escuchó y acabó con la discusión al decirle a Lucio: “Te toca la otra cama, tienes que respetar lo que ya está asignado”.

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¿Qué tan Resiliente Eres?

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En esta época nos están apareciendo palabras que antes no manejábamos, una de ellas es resiliencia. Con abuso empezamos a utilizarla con mucha frecuencia y, a veces, la aplicamos de modo equivocado.

Resiliencia nos dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española es: “La capacidad que tiene una persona o un grupo de recuperarse frente a la adversidad”.

Lo contrario es cuando nos quebramos, cuando sucumbimos ante los problemas que se nos presentan. Es la debilidad que mostramos ante cualquier desafío. Es la proclividad que tenemos a llorar o a hundirnos en la depresión. Es la tristeza ambulante que nos acompaña todos los días en todos los momentos. Es el sentirnos perdidos ante el futuro. El no saber qué hacer ante las horas que nos depara el día.

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El Desafío de Hablar en Público

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Era un 5 de enero, hace varios años, que me puse a buscar en el Directorio Amarillo un curso de hablar en público. Me urgía. Cerré el año anterior con un par de clases que impartí de Teoría Económica. Me sentí fatal y tuve la sensación de que los alumnos habían padecido mi clase, tal vez, más que yo.

En aquel año fui invitado por mi jefe, el licenciado Miguel Ángel Díaz Cerecer, para ser su maestro adjunto y dije que sí. Todo iba muy fácil, mi apoyo consistía en pasar lista y organizar algunas pequeñas cosas que él me encargaba.

El día menos pensado me dijo: “el próximo lunes no podré dar la clase, se la encargo, ya usted sabe cuál es el tema”.

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