Historial

Érase una vez un hombre maduro que, en el umbral de su séptima década, se planteó la diferencia que existe entre ahora y aquellos encuentros alrededor de la fogata, que nos cuenta Carlos Castañeda, donde el más anciano de la tribu relataba a las jóvenes generaciones sus aprendizajes de la vida, hablándoles de sus éxitos, de sus fracasos y de sus observaciones para que pudiera generarse en ellos una transmisión oral de sus enseñanzas.

Este hombre comprendía que ahora, en tiempos del internet, con facebook, twitter, y tantos medios que bombardean de información a los jóvenes, sería prácticamente imposible repetir esos rituales de antaño.

En consecuencia, se planteaba: todo lo que sé, lo que he estudiado durante años, lo que he vivido, los triunfos que he disfrutado, los fracasos que me han dolido, lo que he experimentado en cabeza ajena y lo que la vida me ha enseñado a golpe y porrazo, ¿adónde irá a parar?. ¿Tendré algún medio para lograr que alguien me escuche?

Este hombre maduro concluyó que no valía la pena intentarlo. Que sus jóvenes descendientes sabían demasiado y habían cultivado intereses muy diferentes a los suyos. Que en las reuniones familiares, lo menos idóneo sería el intentar trasmitir sus mensajes. Que las generaciones actuales ya no escuchan a sus ancestros, únicamente tienen ese privilegio “los expertos que vienen de lejos” y si es del extranjero, los escuchan más atentamente.

Fue así como concluyó que, tal vez, personas distintas, procedentes de otros orígenes, con circunstancias diferentes a las suyas, pudieran llegar a interesarse en sus mensajes. Él decidió seguir adelante con su proyecto: proclamaría al viento sus verdades, utilizando las herramientas modernas, para que las escucharan (leyeran) quienes pudieran interesarse y, por qué no, beneficiarse de alguna manera. Él se convertiría para los desconocidos, en “el experto que viene de lejos”.

Este hombre maduro que comenzó a trabajar ocho y diez horas diarias desde los 16 años de edad a la vez que la sacrosanta UNAM acomodaba sus horarios para poder trabajar y estudiar, recordaba que logró ingresar al bachillerato único (la Prepa 2) para estudiar allí desde la secundaria y terminar la licenciatura en economía. Fueron diez años maravillosos vinculados a esa gran institución en la época que costaba la impagable cantidad de doscientos pesos al año.

En primer año de secundaria se lució con puros dieces porque sus compañeros venían de escuelas primarias que habían tenido seis meses de huelga el año inmediato anterior y estaban mal preparados. Esa fue su ventaja inicial, él venía de la Escuela Manuel Sánchez Mármol de Villahermosa. Allí nunca se supo de las huelgas que paralizaron al Distrito Federal. Por el contrario, la maestra Olga era bastante rigurosa y ni hablar de la maestra Jovita de quinto año que, con regla en mano, sostenía una disciplina poco conveniente de romper.

Nuestro personaje nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, y creció en un rancho. De modo que aprendió a montar caballo antes que en bicicleta. Alguna vez que se sentó a la mesa a comer, su padre le preguntó: “y el ganado ¿dónde está?”.  Y le contestó: “pues allá en el río tomando agua”. Entonces ¿qué haces aquí? Ve y toma tu caballo. Comerás hasta que el ganado esté en el corral”. Su madre intervino, diciendo que era todavía un niño como para que asumiera semejantes responsabilidades, “para eso está Raúl, el caporal”. Ni modo, chillando, pero fue al río por el ganado. En fin, fue una gran lección de responsabilidad a edad muy temprana.

En el rancho se presentó una época infausta de sequía. Sólo el crédito del Bangrícola hacía posible continuar la operación. Luego vino un segundo año y otro crédito, después un tercero y el crédito correspondiente. Al cuarto año que todo pintaba bonito, hubo inundación y se volvió a perder la cosecha. El Bangrícola incautó el rancho, se vendió y el resto es historia.

Eso obligó a nuestro personaje a realizar una escuela primaria de dos años en Chiapas, dos años en Oaxaca y dos años en Tabasco. Creció sin amigos perdurables de la primaria. Sin arraigo. Sin raíces firmes. Sólo los primeros años en Chiapas le darían sentido a su vida.

El traslado a la Capital fue como el de muchos provincianos. Pletóricos de esperanza, sin saber a ciencia cierta cuál sería el destino que habría de correr la familia. Lo inolvidable al llegar al DF, fue la gran emoción de entrar a casa de la abuela y conocer la televisión. Para los cinco chiquillos era una enorme ilusión que, al fin, se concretaba. ¡Como si eso les fuera a cambiar la vida!

Sus padres comenzaron a buscar opciones. Al fin gente de rancho, no había mucha oportunidad. El padre compró un taxi y así comenzó. La madre juntó un dinerito y dio el enganche para tener una tienda de abarrotes, que se iría pagando de las ventas de la misma tienda.

Así fue como nuestro personaje inició de dependiente de una tienda de abarrotes. Su madre decía:”con esto, por lo menos, hambre no pasaremos”. La ubicación en una colonia popular le sensibilizó sobre las carencias de la gente. Le dolía ver entrar a doña Chole a comprar sus treinta centavos de café y sus treinta centavos para la veladora, ¡porque había que rezarle a la Virgencita!

Al iniciar la carrera ya pudo trabajar en una empresa como analista de costos. Ganaba tan poco y necesitaba tanto porque quería ayudar a su familia que un día leyó en el periódico un anuncio donde decían “buscamos personas que quieran ganar 4,000 pesos”. Renunció y entró a su nuevo trabajo, pero ¡Oh, sorpresa! No había sueldo, sólo comisiones.

Esta inesperada circunstancia lo obligó a aprender a vender. Tal vez sea lo mejor que pudo haberle sucedido. Esa formación le permitió abrirse paso y buscar nuevas oportunidades, especialmente porque de ranchero tímido introvertido pasó a abrirse ante la gente.

Llegó a ocupar el puesto de jefe de ventas, gerente de finanzas y director de comercialización de una empresa paraestatal. Tuvo la suerte de que su jefe fuera economista y le convocara a pláticas frecuentes, rescatándolo desde el puesto de analista de cuentas, en el área contable.

Cuando le quitaron a ese jefe y le pusieron a otro, renunció y se fue de maestro de tiempo completo a la Universidad Autónoma Metropolitana, plantel Iztapalapa. Deseaba hacer una carrera académica.

Adoptó como sus mentores a Dale Carnegie, Tony Robbins, W. Edwards Deming, Peter Drucker, Peter Senge, Tom Peters, Michael Porter, Adrian Slywotsky y luego, en mercadotecnia a Philip Kotler, Horacio Marchand, Alvaro Mendoza, Jay Abraham. Por supuesto, ellos nunca lo supieron, pero él los adoptó y siguió fielmente. Asimiló sus lecciones y enfoques. Se nutrió de teorías y metodologías valiosas.

Poco tiempo después conoció y trató a la mujer que le robó el corazón, Pilar Aja Fernández. Decidieron casarse. Abrió los ojos y descubrió que su sueldo de maestro de tiempo completo en la UAM no le permitiría darle a su familia la clase de vida que él deseaba. Renunció.

Nuestro personaje se preguntaba ¿qué puedo hacer?, ¿adónde voy?, ¿qué haré para vivir bien? Tenía cinco años impartiendo, como hobbie una tarde a la semana, en Dale Carnegie el curso de Hablar en Público y Relaciones Humanas. Una técnica que él aplicaba en los cursos le sería útil. Desplegó sobre su mesa del comedor tarjetas blancas y las llenó contestando las siguientes preguntas: ¿en qué momentos me he sentido más feliz?, ¿qué actividades me han hecho sentir realizado?, ¿haciendo qué he recibido más reconocimiento por los demás?

Identificó momentos gratos: en cuarto año de primaria en Oaxaca fue designado para hablar ante el Gobernador Orrico de los Llanos, en sexto de primaria en Villahermosa fue electo presidente de su generación y pronunció el discurso de clausura a nombre de los alumnos que se graduaban, en quinto año en la Prepa 2 fue electo presidente de la Sociedad de Alumnos y pronunció su discurso de toma de posesión en el célebre Anfiteatro Bolívar, fue presidente de su generación de economistas, fue jefe de grupo en prácticamente todos los años de primaria y de secundaria. En la UAM fue representante del plantel ante el Colegio y luego ante el Consejo de la Universidad. Todo ello, siempre por elección.

Su conclusión es que le gustaba estar ante grupos y no lo hacía mal. De este modo, lo platicó con su futura esposa y decidieron crear su propia empresa de capacitación y de consultoría. La llamaron CENCADE.

A partir de ese 15 de febrero de 1979 no habría de hacer otra cosa que dedicarse a CENCADE. Además de brindar cursos y consultoría, tomaba todos los cursos que podía para formarse bien, asistía a las convenciones, a los congresos y leía cuanto libro aparecía con la especialidad gerencial. Participó en el programa de alta dirección AD-2 en IPADE y tres diplomados de mercadotecnia por internet.

La empresa CENCADE, integrada ya con un fuerte equipo de profesionistas, habría de tener grandes éxitos y atender a una buena cantidad de clientes, tanto del sector privado como del público. Durante varios años cuajó más de 100,000 horas anuales de capacitación y consultoría. Como a veces sucede, cuando llegan las utilidades abundantes, pensó en invertir en otro negocio. Escogió mal. Compró una franquicia-fraude: Wall Street Institute (School of English) y perdió todos sus ahorros y más, mucho más. Hechos no previstos por él lo derrumbaron y le enseñaron, con los latigazos que da la vida, a tomar ciertas precauciones que hoy son parte de sus aprendizajes más valiosos.

Por ello nuestro personaje concluye que tiene mucho para compartir a quienes sienten aspiraciones firmes por ser alguien en la vida y están dispuestos a dejar huella de su paso, convencido como está que “en los libros están los conocimientos y en la vida la sabiduría”.

No aspira a formular recetas mágicas, ni a indicar lo correcto, sino a compartir mucho estudio y un cúmulo de experiencias que considera pueden brindar cierta luz que permita iluminar el camino de quienes están decididos a forjar una ruta propia.

Un pensamiento en “Historial

  1. Saludos Alfredo, no creí que sería tu historia hasta que leí a detalle, siempre te he admirado, fuiste un maestro para mi.
    Saludos

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